El valor de la tenacidad

Cuando leemos la palabra “tenacidad”, los ingenieros no pensamos automáticamente en la “capacidad de esfuerzo” de una persona sino en “la capacidad de energía que es capaz de absorber un material antes de alcanzar su punto de rotura”.

Tal vez esta última acepción es una de las propiedades más valiosas para un opositor: debe ser capaz de resistir un día malo de estudio o una semana perdida por enfermedad y retomar el estudio sin autocompadecerse, quedarse en blanco un día en una clase práctica y no perder seguridad en sí mismo, salir de un examen sin tener seguridad de haber aprobado y ponerse a estudiar el siguiente examen como un león.

De un político recientemente retirado se escribía a menudo que tenía la “piel de rinoceronte”. Llevaba 40 años en primera línea de la política sin mostrar apenas cicatrices: las balas propias y ajenas parecían rebotarle, las picaduras de mosquitos no le traspasaban la epidermis. Algo parecido se espera del opositor: cantar el tercer tema del examen oral como si hubiese bordado los dos temas anteriores a pesar de haber olvidado buena parte del contenido, responder con solvencia a la segunda pregunta del tribunal sin haber salido bien de la primera, recomponerse en el cuarto examen tras unos minutos de bloqueo a punto de haber tirado la toalla.

Es cierto que hay opositores más resilientes por naturaleza que otros pero como todo valor, se puede trabajar día a día: siendo cada vez más flexible ante los pequeños reveses y endureciendo la piel ante las críticas. En los momentos críticos tendréis que repetiros que no llegasteis hasta ese punto para rendiros o que tendrá que ser el tribunal el que os suspenda porque no se lo vais a poner nada fácil.